Las Apariencias Engañan

Las Apariencias Engañan

Existe un fenómeno llamado “sesgos cognitivos” que consiste en ciertas “fallas” en nuestros patrones de pensamiento, que distorsionan la realidad sin que nos demos cuenta. No son simples errores aislados, sino que atajos mentales que el cerebro usa para procesar información y decidir con rapidez. Aunque a veces resultan útiles, también pueden conducir a conclusiones equivocadas. Y no se trata de que solo fallamos al razonar; a menudo ni siquiera percibimos las cosas como creemos.

Imaginemos este experimento: nos ofrecen dos bebidas idénticas, salvo que una es rosada y la otra tiene un tono neutro. Lo más probable es que, al probar la primera, tendamos a percibir notas de frutilla o frambuesa; la segunda nos podría parecer más cítrica o menos dulce. ¿Cómo se explica, si es el mismo líquido? Pues porque el color crea expectativas que alteran la percepción. El cerebro combina la información con el contexto para interpretar la experiencia. Por tanto, nuestros sentidos no son instrumentos independientes ni infalibles: lo que percibimos depende, en gran medida, de lo que esperamos percibir.

Algo similar ocurre con el precio. Se ha demostrado que saber cuánto cuesta influye en cuánto nos gusta y cómo valoramos su calidad. Una botella presentada como cara puede resultar más compleja o agradable que la misma botella mostrada como económica. Las expectativas modifican la experiencia, y luego la interpretamos como si fuese una evaluación objetiva del producto. 

En Instagram, por ejemplo, todos elogian los cogollos con aspecto nevado, ese look frosty que se ha convertido en sinónimo de calidad. Parte de ese aspecto proviene de la arquitectura de los tricomas: tallos largos que, al contrastar con colores oscuros, se ven espectacular. Lo relevante para nosotros, sin embargo, es el desarrollo de la cabeza glandular, donde se concentran la mayor parte de cannabinoides y terpenos. Una longitud extrema del tallo tiende a ser perjudicial para el desarrollo de las cabecitas. Los mejores cogollos no son necesariamente los más nevados; la apariencia puede engañar.

En las competiciones cannábicas ocurre algo parecido con el tamaño. Se suele privilegiar los cogollos grandes y, de la misma forma, se penaliza a los pequeños. “Había una súper rica, pero eran cogolitos más chicos” es una frase que escucho entre jueces y competidores. Con asombro y cierta desilusión, he visto copas donde ganan cogollos gigantes que, a mi juicio, no poseen las mejores cualidades organolépticas.

¿Por qué preferimos lo grande? En parte, porque el tamaño funciona como señal intuitiva de abundancia, valor y rendimiento. Desde niños asociamos lo grande con lo importante, y en muchos contextos esa asociación resulta útil. En psicología, este fenómeno se relaciona con la heurística del tamaño y el efecto halo: un atributo visible y llamativo contamina la evaluación del resto. Si un cogollo es grande y atractivo, tendemos a atribuirle más potencia, mejor sabor o mayor calidad.

La densidad de los cogollos también se juzga de forma superficial. No faltan los “expertos” que critican rasgos típicos de las sativas. “Te faltó fertilizante”, me han dicho en tono de broma. Algunos adoptan como estándar comercial las genéticas índicas del mercado estadounidense y las usan como referencia universal para valorar el cannabis. Así, esperan cogollos enormes, con cálices grandes e hinchados, muy compactos y duros como piedras.

En la realidad, un cogollo con forma convexa tiene más "recovecos" y, en definitiva, mucha más área para tener tricomas expuestos a la luz. Esa forma aparentemente aireada es en realidad una ventaja. Ocurre que la mayoría de las personas aquí asocia "satividad" con cogollos de exterior, de cerro, que son normalmente de calidad inferior, sobre todo por un mal secado. Pero las mejores y más potentes variedades no tienen por qué ser densas ni con forma de papa.  

En cuanto a los extractos, uno de los sesgos más frecuentes hoy en día parece estar ligado al color. La blancura suele generar una asociación casi automática con atributos positivos, un fenómeno que podría estudiarse por sí mismo y que, probablemente, tenga explicaciones evolutivas interesantes.

Un tono muy claro puede indicar limpieza y una oxidación reducida, pero no mucho más. No aporta información sobre sus propiedades organolépticas ni asegura una calidad superior. De hecho, existe una obsesión por el color, y la búsqueda de extractos cada vez más claros a menudo impulsa cosechas prematuras para atender las preferencias del mercado.

Las redes sociales han consolidado una cultura cannábica donde la apariencia se ha vuelto primordial para cualquier nueva genética. Esto ha favorecido la popularidad de variedades cuyo atractivo visual y reconocimiento comercial no siempre coinciden con su posición en otras dimensiones de calidad. Cookies y Purple Punch son ejemplos de genéticas que alcanzaron gran notoriedad y cuya imagen definió tendencias de mercado, sin ser necesariamente las mejores dentro de sus categorías.

Hasta cierto punto, lo entiendo. No podemos oler una fotografía. El problema surge cuando esa jerarquía visual se traslada a las copas y condiciona la valoración de quienes deberían distinguir entre apariencia y calidad. Cuando un juez no reconoce las virtudes de una genética por no ajustarse al estándar visual dominante, el método de evaluación está fallando.

Si sabemos que los sesgos existen y pueden afectar nuestras decisiones, ¿cómo reducir su influencia? Parte de la respuesta está en la educación: aprender a identificar nuestros propios prejuicios y diferenciar lo que observamos de lo que inferimos. Otra parte pasa por cambiar las metodologías usadas para evaluar cannabis. 

El anonimato de las muestras ya es práctica básica en muchas competiciones. Es una medida importante, pues evita que el nombre de una variedad, el prestigio de un banco de semillas o la reputación de un cultivador condicionen la evaluación. Sin embargo, el anonimato no lo soluciona todo. Si un juez ve y huele el cogollo antes de catarlo, la información visual y aromática ya ha generado expectativas que pueden influir en su juicio posterior.

Por eso, no basta con ocultar la identidad de la muestra. Deberíamos realizar catas a ciegas, donde los jueces no puedan ver las muestras antes de evaluarlas. Así se reduciría el sesgo visual y se evitaría que una apariencia llamativa otorgue una ventaja inicial. La implementación no tiene por qué ser compleja: basta organizar la preparación y distribución de las muestras, mantener su identificación oculta y contar con alguien que se encargue de servirlas.

Otro aspecto relevante es el orden de presentación. Tendemos a recordar mejor los elementos iniciales y finales de una secuencia, fenómeno relacionado con los efectos de primacía y recencia. Además, la evaluación sensorial no permanece constante durante una sesión larga: la fatiga, la adaptación olfativa y la exposición repetida a aromas intensos disminuyen nuestra capacidad para distinguir matices. El paladar y el olfato también necesitan pausas para recuperar sensibilidad y mantener una calibración adecuada.

Cada año he propuesto que se implemente un filtro previo y un orden deliberado que concentre la evaluación final en las mejores muestras. En la práctica nacional, la definición de una copa suele concentrarse en un grupo reducido de candidatas. Si los organizadores identificaran esa dinámica mediante criterios transparentes, podrían diseñar un proceso en dos etapas: una evaluación inicial para seleccionar las muestras destacadas y una final con condiciones más controladas. Así se dedicaría más tiempo y atención a las muestras que realmente compiten por los primeros lugares, en vez de exigir que los jueces mantengan el mismo nivel de discriminación durante una sesión excesivamente larga.

Otro formato eficaz es que los jueces reciban las muestras con algunos días de antelación, para evaluarlas individualmente y con tiempo suficiente. De esa forma se reduce la presión del grupo y se facilita una valoración más pausada. Cuando se cata colectivamente, las expresiones faciales, los comentarios y las reacciones de quienes prueban antes pueden influir en la propia opinión. A veces basta con que alguien afirme que una muestra es extraordinaria para que busquemos cualidades que quizá no habríamos detectado por nuestra cuenta. Una evaluación individual, con un protocolo común y condiciones comparables, permitiría que cada juez forme primero su propio criterio.

Al final, el problema no es que nos gusten los cogollos grandes, densos o visualmente atractivos. Todos tenemos preferencias estéticas, y no hay nada de malo en ellas. El problema es confundir esas preferencias con criterios objetivos de calidad. Una cosa es que algo nos llame la atención y otra muy distinta es que sea mejor.

Nuestros sentidos son herramientas extraordinarias, pero no operan en el vacío. Están condicionados por nuestras expectativas, experiencias previas y el contexto en el que percibimos las cosas. Reconocerlo no implica desconfiar de todo lo que sentimos, sino ue aprender a interpretar nuestras sensaciones con mayor cuidado. Y si queremos que las copas premien realmente la excelencia, debemos cuestionar nuestros propios criterios y mejorar la forma en que evaluamos.